sábado, 11 de noviembre de 2017

Extenso universo


He conocido a alguien. He conocido a alguien que ha entrado en mi vida como un punto de inflexión, un giro de los acontecimientos, una X en el mapa. Es una persona que mientras me habla me mira a los ojos, y mientras me mira a los ojos me habla de ella y de mí sin articular palabra. Es una persona que entiende sin la necesidad entender nada y te hace no sentirte solo por ello. He conocido a una persona que me hace me hace disfrutarme sin la necesidad de ser otra cosa. Es una persona que sin darme absolutamente nada, me ha dado todo eso que tanto nos cuesta darnos a nosotros mismos, supongo que por el mundo en el que vivimos. Por eso es como un mundo aparte, hace cosas que solo hacen los mundos. Es complicado vivir en el mundo.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Poema absurdo del desamor.


Los días más felices, aquellos que pasamos. Aquellos cuando aún no sabíamos que eran felices y lo mucho que lo serían. Días felices en los que la felicidad era nueva y bienvenida, escrita en la música, en la risa y en la marihuana. Días en los que no sabíamos por qué pasaban las cosas que pasaban, pero sí que el universo había conspirado y estábamos allí juntas sin casualidad. Era un éxtasis extraño caminar contigo, hablando de filosofía o de tirarse pedos en la cama. Da igual lo que se cruzase delante de nuestras pupilas porque veías la cara opuesta de la luna y surgía un nuevo mundo para mí. Era un aire fresco y un respirar hondo ser feliz contigo, porque no podía ser de otra manera encontrar la felicidad en tu voz y en tus historias, en tus ideas y en tus enfados, en tus locuras y en tus banalidades.  Porque las banalidades eran lo menos trivial en ti, mirar tu mirada era asomarse a una ventana muy brillante y escuchar la psicodelia. No había mañana en la que no me plantease la vida por tu culpa, por tu terrible culpa de persona enamorada del terrible mundo que nos parecía habitar, terrible mundo en el que nos abríamos paso hasta rinconcitos que pintábamos y dibujábamos y hacíamos nuestros. Esos días y noches felices de verte bailar sin cordura entre gente indiferente que solo adornaba el cuadro de tu abrumadora belleza. Luego la comodidad de disfrutarte de todas las maneras, de resaca, de descanso, de estudio y de nada, no hacía falta nada para disfrutarte. Y no hacía falta nada más que abrirte mi vida, mi verdadera vida para que tu también disfrutases de mí. Qué días tan felices en los que se gritaba a cualquier hora de la mañana y en cualquier lugar del pasillo, en los que no faltaba una sola risotada absurda por algo absurdo. Qué absurda felicidad. Qué absurda la vida. Qué triste hablar en pasado.

domingo, 13 de septiembre de 2015

El verdadero cerezo es un castaño.

Sin ánimo de belleza. No suelo escribir de seguido.

Bien, este es el típico lugar idílico situado en una idílica pradera tras una idílica colina en las afueras de una idílica ciudad pequeñita que ya no tiene mucho que ofrecer.
La historia podría ser tópica, propia de un relato dramático, o romántico. Incluso ficticio. Podrá ser lo que cada persona que lo lea represente en su pensamiento, pero sé que, para mí, será lo menos tópica que nada será jamás.

Comenzaba septiembre, tras un agotador verano de altibajos emocionales y residenciales. Yo tenía 6 años. Es curioso porque normalmente las personas recuerdan muy pocos sucesos de la infancia. En realidad, no tengo ni la menos idea de hasta qué edad abarca ese periodo al que llamamos infancia, a mí me parece que aún la encuentro en mi tazón de cereales o en las ventanas del autobús. Pero así es la gente adulta, todo es una normalización y una etiqueta.
El caso es que, sin desviarme más del tema, personalmente tengo muchos recuerdos vívidos de mis años inexpertos como ser humano, o lo que se espera de él. Y en concreto este no se me olvida. Es una verdadera lástima que los traumas infantiles sean los que nos hacen ser las personas que somos en todo momento. Y con traumas infantiles no me refiero a episodios perturbadores de la niñez, eso que quede claro, el concepto en realidad es mucho más amplio, quiero aludir más bien a todos aquellos segundos en los que algo se quedó pegado en la parte de dentro de nuestras pupilas, una chincheta en el cerebro que permanece hasta que desechamos el envase, una pequeña piedrecita de arena que no sale de nuestros zapatos.

El mío no fue bonito en su momento. Como de costumbre, me disponía a salir de casa después de darle un beso de despedida a mamá. "Voy con her, mamá, volveré luego". "Vale, ten cuidado al cruzar la calle".
Subí la cuesta de casa corriendo porque quería llegar a la pradera cuanto antes para ir a buscar a mi hermano, pero como siempre, una vez arriba, aminoré la marcha por el cansancio de unos metros de subida. Distraída como siempre recogiendo todo tipo de ramas y espigas que encontraba interesantes por el camino, atravesé la colina que daba a una pradera vallada en la que había algún que otro castaño donde solíamos ir a pasar las tardes con la bicicleta, la merienda, o cualquier otro entretenimiento cuando a mi hermano le apetecía salir a jugar conmigo. Era un lugar ideal ya que al casi no pasar gente, no había molestias de ningún tipo para ninguna parte.

Le localicé enseguida sentado debajo del castaño más robusto, donde solíamos tender la manta para jugar y comer los sandwiches de chope que hacía mamá, sin bordes, claro.
La situación era que el día anterior, mi hermano había pedido permiso para ir a dormir a casa de Sonia, porque celebraban un cumpleaños y harían una barbacoa por la noche y cosas de las que hacen los hermanos mayores con sus amigos. No le había visto en 24 horas y eso ya para mí era mucho, sobre todo porque había tenido que jugar sola en casa, al prado no me dejaban ir si no me acompañaba él.
Me apresuré a acercarme a la sombra del árbol y a arrodillarme junto a él, casi gritando de emoción antes de llegar a su altura para contarle cosas con el énfasis de no haberle visto desde la mañana anterior.

- Cara plátanoooo, por fin te encuentro, pensé que estarías en casa de Sonia pero...

Fue imposible articular el resto, pues al llegar a su lado me encontré con la figura de mi hermano apoyada a duras penas en el tronco del castaño, con los brazos cubiertos de sangre, y su cabeza reclinada sobre sus hombros.
Sería absurdo describir la sensación que se me formó en el estómago, la garganta, el pecho... no sé ni dónde, pero sentía que me faltaban la respiración y las lágrimas. Solo podía dirigir mi atención a toda la sangre que se extendía ante mis ojos, fluyendo de los cortes de sus muñecas.
Caí sobre mis rodillas y acerqué temblorosa mis manos hacia su torso.

- Hermanito... -balbuceé sin saber qué otra cosa decir.

Posando una de mis manos sobre su mejilla, alzó consternadamente su mirada hacia la mía, pero la encontré tan vacía que me fue imposible no liberar la tensión que retenía mi angustia y romper a llorar.

-Qué ha pasado... Qué... - pronunciaba incoherentemente.
-Sarita... -sus ojos apagados parecían mirar a través de mí-. No te preocupes, yo... no puedo. Lo siento...

Cuanto más me daba cuenta de lo que pasaba más grande se hacía mi confusión, mi incertidumbre y mi desesperación. No entendía nada y a la vez lo entendía todo.

-¡¿Qué estás diciendo!? ¿Por qué haces eso? ¿Vas a dejarme sola? -grité entre sollozos comportándome como una autentica niña pequeña-. ¡Te odio!

Mi hermano soltó un pequeño suspiro mientras volvía a dejar caer su cabeza hacia abajo.
Yo ya no podía hacer nada más que llorar desconsoladamente al lado del cuerpo de mi hermano que poco a poco se iba apagando, sin saber qué hacer. Al cabo de lo que posiblemente fuesen unos segundos que a mi se me hicieron eternos, opté por abrazarme a él y apretar todo lo fuerte que pude, para que no se marchase de mi lado, porque no le odiaba, le quería más que a nada y no quería que me dejase sola. Así que me agarré a él con todas mis ganas, llorando con los ojos cerrados.
No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero cuando se me agotaron las lágrimas, sus brazos ya no goteaban, su mirada ya no estaba en sus ojos, no respondía a su nombre en mis susurros.

Si ya me pareció desbordante el sentimiento de verle con los antebrazos rasgados sin si quiera haberme dicho nada, el vacío que vino después fue abismal. No sentía si quiera dolor por lo ocurrido, solo un inmenso agujero entre las costillas. Mi hermano había perdido la vida y se había llevado la mía consigo. Él perdió la suya y yo perdí la de los dos.

Es curioso lo detallado que tengo en mi cabeza aquel atardecer y lo confuso que encuentro las horas siguientes, cuando salí corriendo y empecé a callejear por barrios por los que no había estado antes, hasta encontrar un pequeño paso a nivel en el que me hice un ovillo y pasé seguramente la noche entera, con la cabeza en blanco y el corazón también, sin pensar, sin sentir, sin saber, sin entender.

Pero lo más extraordinario de todo, mucho más, es los ojos con los que lo vi en ese momento, y como lo veo ahora, ahora que te tengo a mi lado, aunque no pueda tocarte, ir a verte a una casa que nunca tendrás, hablar contigo de cosas que nunca hiciste... Besarte, abrazarte, llamarte...
Pero al menos estás.

FIN

jueves, 3 de septiembre de 2015

Y volver a caer otra vez...

A la primera y siempre.

martes, 14 de julio de 2015

Unravel

¿Hay alguien dentro de mí?
Debo de estar loca.
Puedes reirte, yo no puedo verte.

Este mundo está distorsionado. Los pliegues se entrelazan unos entre otros en una red caótica e indefinida donde los colores se mezclan con las formas, aquí, allí, en todas partes. Fluctuaciones de caminos inacabados sobre laderas sin volumen. Es un mapa sin carreteras, un panorama confuso que impacta repetidamente en mi respiración, incluso llega a congelarla con cada golpe de vaho.
Debo de haberme vuelto loca al fin. En ese mundo ya me siento muerta antes de haber salido de él.

Destruye, no destruyas.
Enloquece, no enloquezcas.
Tranquila, ubicate, calmate.

Por un momento todo se detiene. Se dibujan los contornos en el entorno, se definen las líneas que rotaban alrededor, hay horizonte.
Solo puedo quedarme parada. Hay tantas cosas que no puedo si quiera verlas. Inmensidad de pliegues, recovecos a los que la vista no alcanza, cientos de hilos que se pierden en la lejanía.
Inmensidad desoladora que cautiva mi cuerpo paralizado. Toda esa soledad me envuelve, no puedo moverme, no puedo liberarme. A penas puedo recordar nada entre todo ese desconcierto. Consternación en los ojos, alucinación digerida, enajenación, delirio, destruye, no destruyas, enloquece, no enloquezcas. Muere.

¡Sigue viviendo!
No puedo moverme, no puedo liberarme.
¡SAL!

Hay cosas que cambian en uno mismo que ya no pueden revertirse. He caído en la trampa.
Por favor, no me busques, no quiero que me veas, solo recuérdame. Estoy paralizada por el hecho de haber cambiado dentro de un paraíso que no puede cambiar. No me busques ahora, ya no. Pero dime, ¿hay alguien dentro de mí?

martes, 12 de mayo de 2015

Suicidio.

Ante la simple circunstancia en la que me encuentro, sintiéndome a mí misma en la garganta y en los poros de la piel, me veo en la necesidad de hablar del hombre pájaro.

Es ciertamente complicado departir a cerca de dicho ser, puesto que si así lo hiciera sería una hipocresía por mi parte al no conocer absolutamente nada de su supuesta existencia. La experiencia a su costa me permite divagar entre sus oscuras plumas, y afirmar el desconcertante rostro angustiado de su humanidad, un semblante inquebrantable que no creo que nunca llegue a proferir. Estoy segura de que si el sol hubiese agujereado la penumbra de aquel acantilado, el señor pájaro luciría una amplia sombra amarilla. También me atrevo a comentar sus palabras silenciosas que habitando el vacío sobrecogen la entereza y la determinación. No os confundáis, las sensaciones mecían el cuerpo, inspiraban sosiego, prometían paz.

Solo los colores de la puerta eran inquietantes, mordiendo las decisiones con miles de pequeños dientes. Por qué no hablas, por qué no me miras, por qué no me ayudas a sentenciar mis conjeturas y olvidarme de que he pasado por allí. Qué está pasando.

Los susurros provenientes del umbral de la puerta me despiertan del embriagador ensueño en el que me hunde la incertidumbre.

Los nombres que evocan lo conocido y lo que estipulan sobre lo que está por conocer.

Cruzo.

Sigo aquí.

domingo, 22 de marzo de 2015

Los fantasmas.

Tan frío y desgarrador como la lluvia que me azotaba las mejillas, como la noche misma en la que me había sumido en tantos otros adjetivos desoladores como los de la coyuntura, como los de mi pecho que te gritaba atormentado por el hecho de haberte marchado de aquella manera, dejando un reguero de sangre tras tu triste sonrisa, ya no sé si tuya o mía, porque si tú perdiste tu vida yo perdí la de los dos, a pesar de la ignorancia de saberte aún en mi espalda, en mi cuello, en la yema de mis dedos, en la nostalgia de debajo de los árboles, en la pesadumbre de olvidarte.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Oda a lo que no fue.

No cojas la cuchara con la mano izquierda. 
No pongas los codos en la mesa. 
Dobla bien la servilleta. 
Eso, para empezar. 

 Extraiga la raíz cuadrada de tres mil trescientos trece. 
¿Dónde está Tanganika? ¿Qué año nació Cervantes? 
Le pondré un cero en conducta si habla con su compañero. 
Eso, para seguir. 

¿Le parece a usted correcto que un ingeniero haga versos? 
La cultura es un adorno y el negocio es el negocio. 
Si sigues con esa chica, te cerraremos las puertas. 
Eso, para vivir. 

 No seas tan loco. Sé educado. Sé correcto. 
No bebas. No fumes. No tosas. No respires. 
¡Ay sí, no respirar! Dar el no a todos los nos. 
Y descansar: Morir.


Gabriel Celaya.

martes, 16 de diciembre de 2014

Lista de porqués.

Caminaba distraída sobre los tejados, y construía casas en los árboles con trozos de madera vieja y cerámica rota. Siempre me pareció que pertenecía a las alturas. Tenía arte en las yemas de los dedos y las letras de todas sus canciones escritas en las tablas de su falda.

Tenía un pelo casi tan rebelde como ella. Nunca sonreía, pero si lo hacía dolía. Y toda esa obstinación de su mirada era su virtud y su desgracia, pero me encantaba verla gritar a las paredes y reprimir sus sollozos, porque luego se sentaba con los brazos cruzados y, suplicante, miraba de reojo deseando subir las escaleras a todo correr. Nunca dejó de oponerse a la conformidad.

Sus palabras sonaban deliciosas cada vez que creaba con ellas. Su piel de fotografía antigua olía a jabón y a pintura rosa. A veces me parece escuchar su risa entrecortada impresa en las cortinas del salón donde se escondía.

La belleza no era más que en su cabeza. Se enfrentaba a radiadores en habitaciones oscuras, porque no le tenía miedo a nada. O eso pensaba.

Poesía del tiempo ambiguo.

A veces me pregunto por qué las personas a las que he conocido llevan acolchada la cabeza.
A veces olvido cómo subir a los árboles para hablar con banqueros japoneses.
A veces añoro el olor a pino y agua de las paredes escarlata de un bosque encantado.
A veces me entristece no poder ver cosas que siempre han estado ahí.
A veces me estremezco al recordar el dolor de pies tras horas de camino entre piedras y abismos.
A veces solo necesito que la gravedad deje de funcionar. O que funcione hacia atrás.
A veces deseo no tener más tiempo para no perder nada más.
A veces confundo el vacío y el ser.
A veces no soy consciente de que levantarse de un sofá blandito da dolor de espalda. O no lo quiero ser.
A veces reconforta el dolor de volar por un acantilado.
A veces amo el odio y odio el amor.
A veces me parece que me he enamorado de la indiferencia de un vaso de agua. Otras veces solo soy consciente de que me lo he bebido sin querer.

martes, 18 de noviembre de 2014

Cuando el frío es agradable.

He estado pensando, porque a veces es la mejor manera de llegar a alguna parte sin tener que ir a ningún sitio.
Últimamente siento cómo mi pecho llora al contemplar la belleza de la luna y los autobuses. Todo se ha vuelto tan poético y liviano que huele a niebla y alfombra. Destruyamos todas las escaleras que nos permitan bajar de esta sensación de plenitud, porque la vista desde aquí arriba es increíble y hoy eso es suficiente.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Pero el amor, esa palabra...

Moralista Horacio, temeroso de pasiones sin una razón de aguas hondas, desconcertado y arisco en la ciudad donde el amor se llama con todos los nombres de todas las calles, de todas las casas, de todos los pisos, de todas las habitaciones, de todas las camas, de todos los sueños, de todos los olvidos o los recuerdos. Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (cómo te gusta usar el verbo amar, con qué cursilería lo vas dejando caer sobre los platos y las sábanas y los autobuses), me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado...
Rayuela, capítulo 93 - Julio Cortázar.

domingo, 31 de agosto de 2014

Homenaje a los fantasmas.

El fantasma que se te aparece en los cereales para meterse por tu oreja y escribir el pasado en ella.

El frío ardía, subir las escaleras dolía debajo de los ojos áridos en los cristales. Debilidad continua en la yema de los dedos y en los lápices que se caen al suelo.
Reflejo de punzantes contornos en superficies tan planas y frías como el reverso de mi cuerpo. Tormento de mi nauseabundo estómago en las horas de sol. Almas asoladas en las de luna.

Era una clase de dolor tan molesta y entretenida como las cosquillas en los pies. Lo buscaba y lo padecía, lo añoraba y me arrepentía. Pero siempre lo intentaba un poquito más.

Todas las historias tienen un punto y final por muy abierta que quede la trama.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Tan perfecto que no necesita banda sonora para ser extraordinario.

domingo, 24 de agosto de 2014

Darse cuenta de ti.

Distraída, como siempre lo estaban mi cabeza y mis lápices de colores, empecé a escribir sencillos versos en un papel. Ahora ser romántico es tachado de aburrido, pero aquellos versos no eran de otra cosa.
Yo ponía delicadeza en cada palabra, y adornaba mi evocación con insustanciales adjetivos, traduciendo con cuidado a mi cabeza. Los dibujaba con una burda letra de trazos imprecisos y dispersos, porque el desorden es la ley del escritor.
Y buscaba, buscaba en el pensamiento y en el no pensamiento, para que las líneas se escribiesen solas. Para convertir todas las imágenes centelleantes que veía al cerrar los ojos en poesía.

Son de ella. Las palabras susurran su nombre, y el sentimiento sabe que es verdad. Las he robado de la memoria porque ella vive ahí.
¿Por qué escribo poemas de amor sobre ti?

jueves, 21 de agosto de 2014

"Da al tonto mil inteligencias y sólo querrá la suya", dice un proverbio árabe

Comenzamos a plantar el jardín de nuestra vida y, cuando miramos al lado, reparamos en que el vecino está ahí,espiando. Él es incapaz de hacer nada, pero le gusta ofrecer ocurrencias disparatadas sobre cómo sembramos nuestras acciones, plantamos nuestros pensamientos, regamos nuestras conquistas.
Si prestamos atención a lo que él dice, acabamos trabajando para él y el jardín de nuestra vida será idea del vecino.Acabaremos olvidando la tierra cultivada con tanto sudor, fertilizada por tantas bendiciones. Olvidaremos que cada centímetro de tierra tiene sus misterios y sólo la paciente mano del jardinero puede descifrarlos. No vamos a prestar atención al sol, a la lluvia y a las estaciones... para centrarnos sólo en esa cabeza que nos espía por encima de la cerca. 
El tonto al que encanta ofrecernos opiniones disparatadas sobre nuestro jardín nunca cuida sus plantas.
-Paulo Coelho.


Sentía la necesidad de añadir este pequeño relato de Como el río que fluye, un libro de Paulo Coelho que voy leyendo de vez en cuando, cuando el esófago así lo reclama. Y tenía que hacerlo porque, aunque no lo sabéis, estos días (y noches) llevo escribiendo varias entradas que han ido a parar a la bandeja de borradores, porque ni me gusta escribir como un diario raro ni es demasiado incomprensible como para dejar que alguien más lo lea.
A lo que voy, es que este relato se asemeja mucho a lo que pasa por mi cabeza últimamente, y no me parecía sano no compartirlo de algún modo.

lunes, 18 de agosto de 2014

Dramatización de la madrugada. Parte 1.

Últimamente la monotonía de lo en penumbra que alcanzo a ver las cosas es lo único aprovechable para hacer esto. Y bueno, es algo triste que así sea.
¿No decían que el dolor hace a los poetas? No me quedan versos.

domingo, 29 de junio de 2014

Amor, decía.

Ella está quieta en la cama con los ojos abiertos, observando la oscuridad. Como cada noche, los escasos parpadeos le llenan los ojos de arena, todo por la culpa de la reflexión, la preocupación... y a veces, el miedo. Él no llega y son las tantas.

Suena la llave en la cerradura. Varios intentos hasta que la puerta se abre y entra una gran figura tambaleándose.
-Cariño, ¿dónde estabas? Son casi las seis, hueles a alcohol y estaba preoc...
-Calla.
-Pero...
-Déjame, coño.
-Otra vez borracho, ¿verdad? ¿Has vuelto a gastarte todo el dinero en bebida, no es cierto?
-¡Cállate! -escupe con rabia mientras su puño atraviesa con rabia y dificultad el espacio que hay entre ambos.
Ella llora en silencio tirada en el suelo. Él no se contiene y, ciego, deja en libertad su odio en forma de golpes hasta que la deja sin sentido.

Despierta toda manchada de sangre, desorientada y con la vista nublada. Está helada y de sus ojos ya no caen más lágrimas. Todo está húmedo y frío, y la oscuridad lo cubre todo dejando un suave olor a pino y albor.

-Mi amor -dice con un hilo de voz-, ¿por qué estamos en el bosque? ¿Por qué me duele todo el cuerpo? ¿Por qué estoy llena de sangre? ¿Por qué no puedo levantarme? ¿Por qué hace tanto frío, mi amor? ¿Por qué tienes una pala en la mano? ¿Por qué estás cavando un agujero? ¿Por qué ya no me quieres, mi vida?

El golpe de eco detrás de la caída.

Lo increíblemente grande que parece un instante, la intensidad de su simpleza y el peso incesante que nos araña los hombros y nos deja marcas que poco a poco se van borrando, penetrando en la piel hasta ser una de tantas historias que recorren los poros de nuestro cuerpo y se quedan en una fina capa adormecida, inconsciente verdad que se esconde detrás de las pupilas y en los oídos, y ya no escuchamos.
A veces nos estrangulan los ojos provocando ese punto concentrado, dolor de cabeza lo llaman, que se extiende al estómago, a la culpabilidad y de vez en cuando a la yema los dedos. Y temblamos, y el esófago llora, y la esponja del pecho se hincha impidiendo el paso del aire a los pulmones, porque nuestro pulso irradia debilidad.
 Pero son cosas que pasan. El ser humano está hecho de materiales muy baratos, dicen. Nadie sabe hasta qué punto se puede forzar lo inevitable. Y romperse a veces no merece tanto la pena como uno cree.



Sé que estoy hablando en plural. A nadie le gusta hablar de sí mismo si no sabes quién está al otro lado. De todas maneras, es una estupidez. Ha sido mera irracionalidad.

¿Y sabes qué más? Tengo todas las palabras escritas en la lengua, y no llego a leerlas. Es muy frustrante.

martes, 9 de octubre de 2012

Conexión a distancia obstruyendo la razón.

Anoche soñé algo.
Creo que era algo importante pero, como de costumbre al despertar, ese recuerdo se desvaneció, convirtiéndose únicamente en remotas y extrañas imágenes difusas sin sentido aparente.

Sin embargo, en mis sábanas han quedado marcadas esas palabras no pronunciadas, rasgadas con rastros del pasado, figuras pálidas yacentes por ese sentimiento que he olvidado desde que desapareciste, de mi vida pero no de debajo de mi cerebro, molestando con alfileres y remordimientos mi mente perdida, haciendo sangrar mis pupilas dilatadas desde la parte escondida dentro de mis ojos donde no consigo verte nunca, y bloqueas el sendero hacia mi memoria con un fuerte que en realidad no sé ni dónde se encuentra gracias a ti.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Polvo de estrellas, sonrisa incomprendida, diamante de serrín.


Con los recuerdos esparcidos por el suelo y los sueños flotando como humo por la estancia, una pila de libros amontonados haciendo de mesilla y la ventana abierta dejando entrar la amenaza del sol con tragarse la luz de las estrellas.
Tirada sobre la cama deshecha, con los pantalones extraviados en el armario y una camiseta que la llega por las rodillas. Tan profundamente dormida, tan aparentemente tranquila, hermosa, soñadora,  feliz... Quién diría que se trata de un corazón mutilado, una vida rota.
A las 7.00 am explota el despertador en un molesto estruendo que ella ahoga con un golpe de sus delicadas manos. Mientras se levanta, recoge su rizado pelo rubio dejando al descubierto su cuello dolorido.

Con el sonido de "boulevard of broken dreams" en la radio, observa en el espejo sus ojos enrojecidos, su falsa sonrisa no expresada, y las manchas oscuras que cubren su pálida piel.
Y el miedo vuelve a sus pupilas, desesperadas de encontrar una salida, de perforar su mente y abrirla al mundo, absorber las nubes y marcharse con ellas.
Busca rápidamente las llaves del coche con la mirada. Y desata las cuerdas del perchero que tiene detrás de la puerta para coger una mochila y meter en ella su destino, y perderse con él en la inmensidad del mundo.

La niña de los ojos blancos.


Recuerdo aquel día que mamá me dijo: "No te preocupes cariño, papá te quiere". Y mamá lloraba en silencio. Yo la veía por el reflejo del espejo.

Un día mamá estaba cepillándose su sedoso pelo oscuro. Yo la miraba sentada desde la cama. Entonces oímos golpes y unas fuertes pisadas furiosas que se acercaban. Mamá me dijo que esperase en silencio detrás de la puerta del ropero. "No salgas de ahí, pequeña, y no hagas ruido, si no mamá se pondrá triste, ¿vale?". Y yo obedecí.
Por una rendija, vi a través de la puerta cómo el hombre entraba en la habitación estrepitosamente y cómo cogía a mamá de un brazo y la gritaba cosas feas. Yo creo que el hombre estaba enfadado porque mamá lloraba mucho. Entonces el hombre abrazó a mamá y ella se cayó al suelo y se quedó dormida.
Más tarde, el hombre me encontró y también me dijo "vamos niña, sal, papá te quiere y no te va a hacer daño".
Yo nunca más volví a ver a mi mamá.


Deslizo mis pies fuera de las zapatillas, para que el suave algodón de los calcetines roce en silencio el duro suelo de madera. Busco con la mano el duro mango de un cuchillo, y lo escondo debajo de mi albornoz azul. Harta de tirar mis lágrimas al vacío cada noche, de ser frágil, me acerco despacio y sin hacer ruido a su espalda, desenfundo el frío acero y lo acerco a su cuerpo. Las ganas de empujarlo se me agolpan en las goteras de mis ojos, pero me desplomo, y mis manos sueltan el cuchillo que cae al suelo con un golpe sordo. A pesar todo, dejaré que me golpeé una vez más.

lunes, 24 de septiembre de 2012

¿Me buscas? Te jodes.

Ella, princesita, protagonista de un cuento de hadas, habitante de un mundo de magia, encerrada en su castillo. Su príncipe la va a salvar, y el resto ya se puede imaginar...

La pequeña princesa se abre paso con dificultad entre la gente, que balancean sus cuerpos intoxicados al ritmo de la estrepitosa música que retumba por toda la discoteca, haciéndola vibrar salvajemente. Los ojos verdes de la niña se ciegan con las luces de colores que recorren el local y su mente da vueltas a imágenes sin sentido.
La pequeña llega a la barra, tambaleándose con la vista nublada, para envenenar su perfecto cuerpecito un poco más con algo de alcohol.
Y de nuevo se interna con prisa en la telaraña de gente borracha de locura, para buscar la puerta de un baño, pero lo que encuentra es la puerta de salida trasera. La empuja como puede, sin ver a dónde va.

Sale al callejón de atrás a vomitar entre los cubos de basura y los ladrillos enmohecidos y cubiertos de graffiti de las paredes que estrechan la calle oscura.
-Vaya, vaya, ¿qué hace una niñita como tú en un sitio como este a estas horas?
Entre la penumbra, consigue ver la figura que había pasado por alto de un chico, algo mayor que ella, con el pelo negro revuelto, una sonrisa capaz de enloquecer a cualquiera, con gesto de insuficiencia y un cigarrillo Camel entre sus dedos.
-Lárgate -dice ella de mal humor.
-Una pequeña rebelde, ¿eh? ¿No te dijeron tus papás que hay que hablar con respeto a los mayores?
-¿No te dijeron a ti los tuyos que no hay que hablar con extraños?
Él suelta una carcajada divertida, y la vuelve a mirar con esos ojos provocativos mientras ríe.
-Anda, déjame que te ayude -la dice acercándose con la intención de levantarla. Pero ella se aparta violentamente de su contacto de un manotazo.
-No me toques -gruñe, y se dispone a salir de aquel callejón tras levantarse, dando pasos inestables y con la cabeza dándole vueltas bajo la noche.
-¡Eh, niña! Déjame llevarte a casa al menos.
-¡Piérdete! -le grita la niñita sin darse la vuelta y enseñándole el dedo corazón por encima del hombro.

Él se queda mirando el lugar por donde ella se ha marchado, con su irresistible sonrisa y su divertida mirada. Y en su cabeza corretea el pensamiento de encontrar a la pequeña.

Pero ella no consigue bajar de allí.

Luz. Silencio. El sol hace brillar las gotas del agua de la mañana que cubren el suelo. El sonido de los pájaros toca dulcemente el ambiente. El viento juega con la verde hierba del bosque y remueve las ramas de un gran árbol. Ella le espera subida en la rama más alta. Con la mirada perdida entre las copas de los árboles más bajos, con sus piernas columpiándose sobre el pequeño vacío que tiene debajo. El viento que hace silbar las hojas, juega con su pelo rebelde, y dibuja latigazos negros y firmes en las pupilas de sus ojos marrones. Sus muñecas lucen desnudas y blancas, con una ligera marca de sufrimiento pero sin el rastro absoluto de sumisión frente al tiempo. Ella es solo ceniza y niebla en los ojos, una sonrisa incomprendida, fuerza fingida, porque sus pestañas descosidas irradian debilidad. Un alma indomable, una mente libre que viaja con la esencia del aire. Y no se cansa de observar el mundo desde allí arriba, porque es donde quiere estar.

martes, 18 de septiembre de 2012

Gris oscuro.

Siento el viento jugando rebelde con mi pelo, acariciándolo con el olor a sal de mar que arrastra con él.
Sobre este acantilado de rocas blancas contemplo el crepúsculo que dibuja en el reflejo del agua del océano el contorno de las nubes grises que cubren completamente el horizonte mientras los últimos rayos de sol que asoman tímidos entre ellas van desapareciendo a través de la fina línea que divide cielo y mar.

Las lágrimas empiezan a acumularse fuertemente ante mis pupilas, reprimidas de libertad por los parpadeos de mis ojos caprichosos.
El frío que acompaña al aire arranca las hojas de los árboles que se extienden infinitos tras mi espalda. Y me hace temblar como una gota de lluvia a punto de estallar contra el suelo.
En esos momentos echo de menos tantas cosas... El ambiente grisáceo del paisaje incita a mis ojos a derramar tristeza pero algo presiona descaradamente mi estómago, impidiéndolo.
Por mis venas corre puro veneno, que enloquece mi cerebro hasta un punto que me escuece el cuerpo, y me duele el pecho.
Palpo mi torso dos veces, en busca de un agujero que me atraviese de lado a lado, pero solo encuentro la tela fría y húmeda de mi camiseta.

Y mi mente retorcida piensa a toda velocidad, buscando desesperadamente algo,  lo que sea; una razón. Una razón para intentarlo un poco más, para bajar de aquel acantilado dando un paseo por el bosque hasta casa,una razón para secarme las lágrimas escondidas y abrir los ojos de una vez, una razón para continuar, o para no dar el paso que me pide una intimidante sombra negra.

El último rayo de luz se marcha ocultándose detrás del helado mar que se extiende ante mis pies. Y en ese momento exacto que rompe la última ola contra el acantilado, mi cabeza se vacía de pensamientos, y me muevo tres pasos hacia el borde de la roca para no tener que seguir buscando nada.

Estoy cansada de buscar todo sin encontrar nada. Ahora no sé que pasará cuando termine el trayecto hasta el fondo del abismo.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Es triste que un hospital sea la imagen que llevarse a un viaje tan largo...

Pi... Pi... Pi... Pi... Pi...

En el monitor puedo ver una fina línea roja que cada segundo se eleva y vuelve a bajar, dejando un rastro luminiscente tras ella. Su pitido constante es lo único que se oye en la habitación.
Y la respiración profunda de mi hermano.

Está tumbado sobre una cama de sábanas blancas, del mismo color que el resto de la estancia, una habitación inquietantemente silenciosa y con olor a medicinas y látex.

Pi... Pi... Pi... Pi... Pi...

De los brazos de Dan aparecen atravesándole la piel montones de cables de plástico, y cada uno desemboca en un aparato lleno de botones y pantallas o en una bolsita con algo líquido colgada del techo. Sus antebrazos están cubiertos de vendas blancas.
Tiene la cara pálida, algo salpicada de gotas de sudor debido al calor y la tensión del ambiente, y los ojos cerrados.

Yo le observo unos metros más allá, con el peso de mi cuerpo sobre un sillón viejo y despellejado, testigo del dolor de cientos de personas que observaron la tristeza mucho antes que yo.

Pi, pi, pi, pi, pi, pi, pi...

Mi hermano mueve la mano, que está plagada de extraña cinta adesiva. Sus pulsaciones se aceleran, y los dibujos de la línea roja del monitor se hacen más constantes.
Y entonces abre los ojos.

Pi, pi, pi, pi, pi, pi, pi...

Sus pupilas devoran rápidamente el color azul de sus ojos, y se clavan con fuerza en los fluorescentes blancos del techo. Su respiración se acelera y me parece ver una pequeña lágrima en el extremo de sus párpados.

Con un esfuerzo, Dan empieza a girar la cabeza hacia mí, y posa su mirada en mis ojos ansiosos. No veo a mi hermano en esa mirada. Solo veo una intensa súplica que me pregunta por qué sigue aquí su alma.
Despega sus labios mientras coge aire, reuniendo la suficiente fuerza para decirme "No quiero quedarme aquí..."

Pi, pi, pi, pi, pi, pi, pi...

Noto que mis ojos se desbordan. El corazón se me acelera tanto que empujan las lágrimas fuera de mis ojos. Tengo los pulmones comprimidos y la cabeza nublada.

-Dan... ¿estás bien?

Él mueve la cabeza hacia los dos lados, una sola vez, negando.
Entonces veo como sus brazos se tensan, se le marcan las arterias enfermas en la piel, y poco a poco empieza a arrancarse los claves que contaminan sus venas. Se desenfunda las vendas de sus brazos y aparta los aparatos de su cuerpo.

Pi... Pi... Pi... Pi... Pi...

Y cuando tan solo tiene encima el fino camisón azul que oculta su cuerpo, me sonríe. Y por primera vez desde el día que le encontré tirado bajo un árbol, siento que es una sonrisa que lo dice todo.
Me dice que no me preocupe, que él estará bien, y que me quiere. Y por primera vez en mucho tiempo. No tengo miedo.

Pi... Pi...

Dan se acomoda en la insulsa cama de hospital y cierra los ojos.

Pi......

domingo, 5 de agosto de 2012

De noches oscuras y amaneceres enrojecidos, demasiado nublados para mi gusto

Kindersley, Canadá.
Sobre las 5.40 am.
Lugar: la azotea del edificio gris.
Día: desconocido. No merece la pena recordarlo.

Silencio.
La escasa luz del amanecer ilumina levemente la habitación. Pequeñas franjas de un sol anaranjado recorren las ventanas y la madera del suelo. El polvo acumulado por la incesable sucesión de los minutos hace crujir en ocasiones la oscura madera de los muebles y la cerradura oxidada del armario azul que reposa muerto ante la pared.

En el ambiente se respira el intenso humo del cigarrillo medio consumido y una pizca de desesperación y locura en el aire, arrastrándose lentamente y enloqueciendo la situación.
Sobre la mesita está abandonada desde hace ya dos días una taza de café con leche manchada de pintalabios rojo, algo anteriormente muy típico y normal, pero que ahora se ha convertido en algo similar a las flores marchitas de la tumba de algún muerto olvidado por el paso de los años.

Más silencio. Un silencio tan solo interrumpido por el tabaco mientras se consume lentamente y por el insonoro sollozo de un alma rota en dos mitades.
Silencio. Un silencio tan aplastante que oprime la hipnotizante escasa vida de la estancia por momentos.

Y luego está él. Sentado sobre el borde de la cama deshecha, con la cabeza hundida entre sus manos desgastadas por el cansancio, con un punto de nostalgia, dolor y algo de ira reflejada en su mirada perdida en la penumbra de los rincones de la habitación.
Con la mente vagando por la nada. O por los recuerdos de ella.

Ella. Sus intensos ojos marrones, que aunque no tenían nada fuera de lo común, eran únicos. Sus labios siempre pintados de rojo, sus curvas, la comisura derecha de su boca, sus ganas de más, el misterio de su mirada, su deseo apasionado por las cosas, su costumbre de recogerse el pelo detrás de la oreja, su manía de tomar café todas las mañanas mientras miraba desesperadamente por la ventana, sin saber que detrás de esa mirada se escondía mucho más que el simple deseo de saltar desde la repisa.
Ella quería volar, ser libre, intentar encontrar una vida más justa incluso para ella. Estaba cansada de su pelo rizado, de intentar arreglarlo empuñando unas tijeras, cansada del Malboro de los domingos, de su risa y del café de las mañanas. De él.
Ella no quería nada de eso, pero se lo guardaba en lo más profundo de su peculiar mente, hasta que por fin aquel día escribió una nota rápida sobre la encimara de la cocina y decidió salir fuera de la ventana y dar dos pequeños pasos más para buscar aquello que no sabía si encontraría.

Y ahí está él. Con las lágrimas negándose a asomarse ante sus pupilas, con la imagen de sus ojos no marrones, si no verdes cuando la vio estrellada contra el suelo, y con un papel en el que pone "A tí te quiero, a mí no. H" entre sus manos temblorosas, y tan arrugado que está a punto de desaparecer.

Como ella.