El fantasma que se te aparece en los cereales para meterse por tu oreja y escribir el pasado en ella.
El frío ardía, subir las escaleras dolía debajo de los ojos áridos en los cristales. Debilidad continua en la yema de los dedos y en los lápices que se caen al suelo.
Reflejo de punzantes contornos en superficies tan planas y frías como el reverso de mi cuerpo. Tormento de mi nauseabundo estómago en las horas de sol. Almas asoladas en las de luna.
Era una clase de dolor tan molesta y entretenida como las cosquillas en los pies. Lo buscaba y lo padecía, lo añoraba y me arrepentía. Pero siempre lo intentaba un poquito más.
Todas las historias tienen un punto y final
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